POSTHUMUS in «Cymbeline»

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Acto II, Escena V 

Roma. Una habitación en casa de Filario.

Póstumo solo.

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PÓSTUMO:
¿No pueden hombres ser, sin que mujeres
Copartícipes sean de la obra?
Todos somos bastardos, y ese hombre
Tan excelente a quien llamaba padre,
Adónde, ¡qué sé yo! se encontraría
Cuando acuñado fui. Falsa moneda
Un falsario me hizo; y, sin embargo,
Mi madre parecía una Diana
En la época suya, cual en esta
Sin parangón a mi mujer se estima.
¡Oh, venganza, venganza! Cuántas veces,
Mis placeres legítimos coartando,
Moderación pedía, pudorosa,
Sonrojada de modo que la sangre
Del anciano Saturno inflamaría,
Y la juzgaba yo como la nieve
Que el sol no ha herido con sus rayos, casta.
¡Oh genios infernales! Ese astuto
Iáquimo en una hora, ¿en una? en menos.
Al punto. Puede ser que ni aun hablase.
Quizá cual javalí de la Vestfalia,
De bellotas ahito, ¡oh! rebudiando,
Sin más oposición logró su objeto.
¡Pudiera averiguar lo que de hembra
Tengo en mi cuerpo yo! Pues todo impulso
Que induce al hombre al vicio, se deriva
De lo que tiene de mujer, no hay duda.
Mentir, pues bien, de la mujer nos viene.
De ella la adulación, de ella el engaño,
La lujuria, carnales apetitos,
De ella, de ella. El rencor, también de ella.
La envidia, la ambición, la extravagancia,
El calumniar, desdenes y caprichos,
Y la inconstancia y todos los defectos
Que nombre tienen y el infierno acoge,
Parte o todos de ella, más bien todos.
Aun para el mismo vicio
Fijeza no poseen, porque cambian
Constantemente el vicio de un minuto
Por otro que mitad de vida cuenta.
En contra suya he de escribir, y odiarlas
Y maldecirlas. Mas mejor que pida
Que hagan su voluntad en esta vida;
Dañarlas más, ni los demonios pueden.