IMOGEN in «Cymbeline» III.

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Acto IV, Escena II 

Imogena sola.

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IMOGENA: (Despertándose.)
A Milfordia, señor. ¿Cuál es la senda?
Gracias. ¿Por esas matas? ¿Dista mucho?
¡Cielos! ¡Faltan seis millas todavía!
Toda la noche de viaje. Vamos,
Me acostaré a dormir. Mas, poco a poco,
Con compañero, no. ¡Dioses y diosas!
(Viendo el cuerpo de Clotenio.)
Son los mundanos goces estas flores.
Cubren de un hombre el cuerpo ensangrentado.
¡Ojalá sueñe! Me juzgué encargada
De cuidar una cueva, y servidora
De honrada gente. Pero no, saeta
Sin existencia fué, tirada al aire
Y que la mente de vapores forja.
Cual nuestros juicios, nuestros mismos ojos
Ciegos a veces son. A fe que aun tiemblo.
Mas si queda en el cielo de clemencia
Una gota, ya fuere del tamaño
Del ojo del mezquino reyezuelo,
Una parte reclamo, justos dioses!
Mi sueño dura aún. Estoy despierta,
Y cual, dentro de mí, fuera subsiste.
No es que lo pienso, no. Lo estoy sintiendo.
¡Decapitado un hombre! Los vestidos
De Póstumo son éstos. Es la forma
De su pierna, sí tal. Su mano es ésta;
Es su pie, semejante al de Mercurio;
Su talle es éste, que igualó al de Marte;
Son estos brazos sus hercúleos brazos.
Mas ¿y su faz de Jove? ¿Se asesina
Por ventura en el cielo? ¿Cómo? ¡Fuése!
(Levantándose.)
Pisanio, todas esas maldiciones
Que el griego oyó de Hécuba furiosa,
Y las mías también a ti te alcancen.
Con ese infame lucifer Clotenio
Para dar muerte a mi señor te uniste.
Leer y escribir de hoy más perfidia sea.
Falsas cartas, Pisanio maldecido,
Consiguieron, Pisanio maldecido,
De la nave más bella de este mundo
La grímpola abatir. ¿Dónde se halla?
¿Dónde ¡ay Póstumo! ¡ay triste! tu cabeza?
¿Dónde ¡ay de mi desventurada! dónde?
Tu cabeza dejar, y mortalmente
Herirte el corazón, Pisanio pudo.
¿Mas cómo pudo suceder? ¿Pisanio?
Clotenio y él, la infamia y la codicia,
La causa han sido del horror presente.
Claro es. Claro es. ¿Aquella droga,
Que llamó inapreciable medicina,
No la hallé yo mortal a los sentidos?
¿No prueba plenamente que la hazaña
Es obra de Pisanio y de Clotenio?
¡Oh! colora mi pálido semblante
Con sangre tuya, y aparezca horrenda
A quien me encuentre. ¡Oh dueño, dueño mío!
(Arrojándose sobre el cadáver.)