STREPSIADES in «Die Wolken»

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Acto I, Escena I 

Estrepsíades, Fidípides y esclavos. 

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Estrepsíades aparece en su lecho. Cerca de él duermen su hijo, Fidípides, y los esclavos.

ESTREPSÍADES:
¡Oh Júpiter supremo! ¿Es acaso interminable la duración de las noches? ¿Nunca se hará de día? Mucho tiempo ha que he oído el canto del gallo, y, sin embargo, los esclavos aún están roncando: antes no sucedía esto. Maldita sea la guerra, que me impide hasta el castigar a mis esclavos. Este buen mozo no despierta en toda la noche, y duerme profundamente, envuelto en las cinco mantas de su lecho. Pero probemos a imitarle... ¡Pobre de mí! No puedo conciliar el sueño. ¿Cómo he de dormir, si me atormentan los gastos, la caballeriza y las deudas que he contraído por causa de este hijo? Él cuida su cabellera, cabalga, guía un carro y sueña con caballos: y yo me siento morir cuando llega el día veinte del mes, porque se acerca el momento de pagar los intereses... Muchacho, enciende la lámpara y tráeme el libro de cuentas, para que examine los gastos y, averiguando a quiénes debo, calcule los intereses... Ea, vamos: ¿cuánto debo? "Doce minas a Pasias". ¿Y por qué doce minas a Pasias? ¿En qué las he gastado? Cuando compré el [caballo puro sangre] Coppatia. ¡Desdichado de mí! ¡Ojalá me hubiesen vaciado antes un ojo de una pedrada! [...] Duerme en hora buena, pero sabe que todas estas deudas caerán sobre tu cabeza... ¡Oh! así perezca miserablemente aquella casamentera que me impulsó a contraer matrimonio con tu madre. Porque yo tenía una vida dulcísima, sencilla, grosera, descuidada y abundante en panales, ovejas y aceite. Después, aunque era hombre del campo, me casé con la nieta de Megacles. hijo de Megacles, ciudadana soberbia. amiga de los placeres, con las mismas costumbres que Cesira. Después del matrimonio, cuando nos acostábamos, yo no olía más que a mosto, higos y lana de mis ovejas: ella por el contrario apestaba a pomadas y esencias, y sólo deseaba besos amorosos, lujo, comilonas y los placeres de Afrodita No diré que fuese holgazana, sino que tejía: y muchas veces, enseñándole esta capa, le decía con tal pretexto: "Esposa mía, aprietas demasiado los hilos". [...] Después, cuando nos nació este hijo, disputamos mi buena mujer y yo acerca del nombre que habríamos de ponerle. Ella le posponía a todos los nombres el de caballo, queriendo que se llamase Jantipo, Caripo o Calípedes. Yo le llamaba Fidónides, como su abuelo. Tras largo debate, adoptamos, por fin, un término medio y le llamamos Fidípides. Su madre, tomándole en brazos, solía decirle entre caricias: "¡Cuándo te veré, hecho un hombre, venir a la ciudad, ricamente vestido y dirigiendo tu carro, como tu abuelo Megacles!...". y yo le decía: "¡Cuándo te veré, vestido de pieles, traer las cabras del Feleo como tu padre...!" Pero nunca hizo caso de mis palabras. Y su afición a los caballos me ha perdido. Después de haber meditado toda la noche, he encontrado un maravilloso expediente, que me salvará si consigo persuadir a mi hijo. Mas, antes de todo, quiero despertarle. ¿Cómo haré para despertarlo dulcemente? ¿Cómo? ¡Fidípides, querido Fidípides!