MEDEA in «Medea» II.

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Acto III 

Medea con el coro. 

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MEDEA: ¡Por todos lados me asaltan las desdichas! ¿Quién dirá lo contrario? Pero no creáis que va á suceder así siempre. Los recién casados tendrán que sostener sus luchas, y sus padres tendrán que soportar serias pruebas. ¿Crees que jamás le hu­biese interpelado con palabras halagüeñas, si no lo hiciera por aprovecharme de ello para alguna emboscada? No le habría hablado ni le habría tocado con mis manos. Pero ha llegado él á tal extremo de insensatez, que pudiendo echar abajo mis proyectos al expulsarme de esta tierra, me permite quedarme un día más, durante el cual haré morir á tres de mis enemi­gos: al padre, á. la joven y á mi marido. Para realizar esas muertes, tengo varios caminos que seguir, y no sé, amigos, cuál tomar primero. Incendiaré la morada nupcial, ó entrando secretamente en el aposento donde se yergue el lecho, les cla­varé en el hígado la afilada espada. Pero una sola cosa me de­tiene: si me sorprenden al entrar en la morada y preparar mi proyecto, moriré, siendo la befa de mis enemigos. Lo mejor será seguir el camino para el cual tengo más habilidad, que es el de matarles con venenos. ¡Sea así! Helos aquí muertos. ¿Qué ciudad me recibirá? ¿Qué huésped me ofrecerá, para salvarme, una tierra segura y una morada fiel? ¡No! Aún esperaré un poco tiempo, y si se me ofrece algún refugio, emprenderé esos asesinatos con astucia y en secreto. Pero si me impulsa un destino inevitable, empuñando la espada, y aun cuando deba morir, los mataré y llegaré hasta la última violencia de la audacia. ¡No; por mi señora Hécate, que es la que más venero entre todas y á quien he escogido para auxilio mío, y que habita en el retiro de mi hogar, juro que ninguno de mis enemigos se alegrará impunemente de los dolores que me desgarran el alma! Yo haré que sus bodas sean amargas y tristes, amarga su alianza, y les tornaré amargo mi destierro de esta tierra. Vamos, Medea, no perdones ninguno de los artificios que co­noces. Medita y urde el acto terrible. Ahora es cuando hay que conducirse valerosamente. Mira lo que te está reservado. No conviene que sirvas de escarnio á los Sisifidas y á la pro­metida de Jasón, tú que naciste de padre noble y desciendes de Helios. Eres hábil, pues las mujeres somos por naturaleza muy inhábiles para el bien, pero los más ingeniosos artífices de todos los males.