HELENA in «Helena» II.

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4. Acto 

Helena, Teónoe, Menelao y el coro.  

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HELENA: ¡Oh doncella! Caigo suplicante abrazando tus rodillas y me siento en el banco menos feliz para suplicarte por mí misma y por éste (Menelao), al que a duras penas he recuperado y al que voy a ver en peligro de muerte. Te lo suplico; no digas a tu hermano que mi esposo ha llegado a mis amantísimas manos. Sálvale, te lo ruego; no traiciones tu piedad en beneficio de tu hermano comprando una gratitud malvada e injusta. Pues la divinidad odia la violencia y ordena que los hombres no adquieran sus bienes por medio de actos violentos. La riqueza que es injusta debe ser siempre rechazada. El cielo es común para todos los hombres; también la tierra en la que nadie debe enriquecer sus casas con lo que no es suyo ni llevarse nada por la fuerza. Hermes me entregó a mí a tu padre a fin de que me conservara intacta para mi esposo que está aquí y que es el que desea recuperarme; pero eso es bueno y malo a la vez para mí. Porque si muere, ¿cómo va a poder recuperarme? Y a su vez, ¿cómo van a devolver algo vivo (se señala a sí misma) a un muerto? Fíjate bien ahora en las disposiciones de la divinidad y en las de tu padre. Un dios y tu padre ya muerto ¿querrían o no querrían devolver un bien ajeno? Yo creo que sí. Por ello pienso que no debes inclinarte más por un hermano un tanto inconsciente que por un padre honrado. Porque si, adivina como eres y con fe en los dioses, no llevas a buen término la justicia de tu padre y te pones de parte de tu injusto hermano, sería vergonzoso que conocieras todo lo divino, tanto lo presente como lo futuro y que sin embargo desconocieras lo que es justo. Sálvame a mí, desdichada, de entre tantas desgracias haciendo una pausa en medio de mis males. Dicen en Grecia que traicioné a mi esposo y me fui a vivir a las mansiones ricas en oro de los frigios. Si regreso a Grecia y pongo de nuevo el pie en Esparta oirán y dirán que murieron por maquinaciones de los dioses, pero que yo nunca jamás traicioné a mis amigos. Entonces, me devolverán mi honra y casaré a mi hija, a quien nadie quiere desposar ahora. Y poniendo punto final a esta amarga situación, sacaré partido de los bienes que hay en mi palacio. Si Menelao hubiera muerto en la hoguera, yo no ahorraría lágrimas cariñosas por él, ausente. Pero ahora que está aquí, sano y salvo, ¿voy a verme privada de él? No, doncella, te lo ruego, eso no. Concédeme este favor e imita el carácter de tu padre, tan justo. Porque la gloria más bonita para los hijos consiste en mantener sus mismos comportamientos, cuando alguien ha nacido de un padre virtuoso.