MEDEA in «Medea» I.

    Acto II 

    Medea con el coro. 

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    MEDEA: Mujeres corintias, he salido de la morada para que no me censuréis. Sé, efectivamente, pues lo he visto con mis ojos ó lo he oído decir á extraños, que muchos mortales, unos por orgullo y otros por sus costumbres pacíficas, han conquistado mala fama y una reputación de cobardía.La justicia, en efec­to, no reside en los ojos de los hombres, y antes de conocer el corazón de un hombre, se le odia por lo pronto, sin que nos haya hecho ninguna injuria. Sin embargo, unaextranjera tiene que conformarse con las costumbres de la ciudad, y no alabo al ciudadano que disgusta á los demás con su arrogancia ó á causa de su ignorancia. ¡Pero la desdicha imprevista que me ha herido ha perdido mi alma, y me muero privada de la vo­luptuosidad de la vida, y deseo morir, amigas! Aquel á quien consagré mis más preciados bienes, mi marido, se ha tornado en el peor de los hombres. Entre todos los que respiran y tienen un pensamiento, nosotras las mujeres somos las más miserables. Ante todo, necesitamos comprar un marido á peso de plata y aceptar un dueño de nuestro cuerpo. Y es esto un mal todavía mayor, y hay mucho peligro en saber si el mari­do es bueno ó malo, porque el divorcio no es honroso para las mujeres, y no podemos repudiar á nuestro marido. Pero es preciso que la que acepta nuevas costumbres y se somete á nuevas leyes sea adivinadora para saber cómo será su mari­do, pues por sí sola no puede saberlo. Si tras de haber tenido suerte en esto, poseemos un marido que soporta de buen grado el yugo, digna de envidia es nuestra vida. Si no, vale más morir. Guando le pesa la vida doméstica, el hombre sale de casa y libra del fastidio a su alma con algún amigo ó con la charla de los de su misma edad; pero á nosotras nos constriñe la necesidad á no mirar mas que en nuestro propio corazón. Dicen que vivimos en las moradas al abrigo de todo peligro y que ellos combaten con la lanza; pero piensan mal, pues tres veces más me gustarla llevar escudo que parir una sola vez. Sin embargo, este discurso no reza con vosotras tanto como conmigo. Vosotras tenéis una ciudad y una morada paterna y las facilidades de la vida y el trato de vuestros amigos; y á mí, abandonada y desterrada, me ultraja un marido que me ha arrancado de la tierra bárbara, y no tengo ni madre, ni hermano, ni pariente que me sirva de puerto de refugio contra esta tempestad. Quiero, pues, obtener de vosotras sólo esto: Si asalta mi espíritu algún medio de vengarme del marido que me inflige estos males, y del que le ha dado su hija, y de ésta, que se ha casado con él, callad. Porque en todo lo demás la mujer es tímida y cobarde para el combate, sin que se atre­va á mirar al hierro; pero cuando se la ultraja en lo que con­cierne á su lecho nupcial, no hay alma más cruel que la suya.

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