HELENA in «Helena» I.

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2. Acto 

Helena con el coro. 

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HELENA: Mujeres, amigas mías, ¿a qué yugo del destino estoy uncida? ¿Acaso me dio a luz mi madre para ser un prodigio para los hombres? Ninguna mujer, griega o bárbara, ha dado a luz a sus hijos a partir de un huevo blanco, como del que cuentan que Leda me dio a luz a mí, de Zeus. Mi vida y todo lo mío es un prodigio y ello por Hera, por causa de mi belleza. ¡Ojalá pudiera borrarse como se borra una pintura! ¡Ojalá pudiera tomar una figura fea en vez de hermosa! ¡Ojalá los griegos olvidaran la mala fortuna que tengo ahora y conservaran el recuerdo de la que no es mala igual de bien que conservan ahora el de la mala! Cuando uno tiende su mirada a una suerte favorable y ésta se transforma en desfavorable por obra de los dioses, la situación aunque cargante, es soportable. Pero es que a mí me abruma no una, sino muchas desgracias. Lo primero de todo, siendo como soy inocente, resulto ser infame, porque peor que el hecho mismo del mal es que le acusen a uno de males que no ha cometido. Además los dioses me expulsaron de mi tierra y me han traído hasta estas gentes bárbaras. Aquí, privada de mis seres queridos, soy una esclava yo, que procedo de hombres libres. Porque aquí todos los bárbaros son esclavos excepto uno. La única ancla que sostenía la barca de mi esperanza es que regresaría algún día mi esposo y me libraría de mis males; pero él ha muerto; ya no existe. Ha perecido mi madre y yo soy su asesina y se me acusa injustamente, aunque la culpa es mía. La que fue el esplendor de mi casa, mi hija, sigue virgen, sin casar, viendo cómo van encaneciendo sus cabellos. No existen tampoco los dos hijos de Zeus, los llamados Dioscuros. Así, rodeada de tantas desgracias perezco, aunque realmente no esté muerta. Y el colmo: si volviera a la patria, me impediría el acceso, pensando que la Helena que fue a Troya debería haber vuelto con Menelao. Pues si viviera mi esposo, nos reconoceríamos por señas que sólo él y yo conocemos. Pero ahora eso no es posible y él nunca logrará ponerse a salvo. ¿Por qué sigo viva aún? ¿Qué suerte me queda? ¿Casarme para librarme de mis desgracias y compartir una mesa opulenta con un bárbaro? Pero cuando un marido se hace arisco a la mujer también se hace arisco el propio cuerpo, y es mejor morir. ¿Cómo no va a resultar hermosa mi muerte? Ahorcarse es algo ignominioso incluso para los esclavos. Degollarse es más gallardo y más noble, y es pequeño el instante que nos aparta de la vida. ¡A qué abismo de males he ido a dar! Las demás mujeres son felices por la belleza, pero esa belleza ha sido la causa de mi perdición.