CHOR DER FRAUEN in «Lysistrate»

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Acto II 

Coro de mujeres y coro de hombres. 

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CORO DE MUJERES: Cuando vuelvas a tu casa no te conocerá ni la madre que te parió. Pero, queridas ancianas, dejemos esto en el suelo; nosotras, oh ciudadanos, vamos a principiar un discurso muy útil a la república; y bien lo merece por haberme criado en el seno de los placeres y del esplendor. A la edad de siete años, ya llevé las ofrendas misteriosas en la fiesta de Minerva; a los diez molia la cebada en honor de la diosa; luego, ceñida de flotante túnica azafranada, me consagraron a Diana en las Brauronias; y por último, ya doncella núbil, fui canéfora, y rodeé mi garganta con el collar de higos. En pago de tantas distinciones, ¿no deberé dar útiles consejos a mi patria? Aunque mujer, permitidme proponer un remedio a nuestros males; que al fin al darle mis hijos, también pago mi contribución al Estado. Pero vosotros, miserables viejos, ¿con qué contribuís? Después de haber consumido lo que se llamaba el tesoro de los Abuelos, reunido durante las guerras médicas, nada pagáis; y todos corremos grave riesgo de que nos arruinéis. ¿Qué podéis responder a esto? Como me incomodes mucho, te siento en la cara este coturno, y ¡cuidado que pesa! […] ¡Por las diosas! Si me irritas, suelto las riendas a mi cólera, y te doy una tunda que te obligo a pedir socorro a tus vecinos. Amigas mías, quitémonos también nosotras los vestidos: perciban esos car-camales el olor a mujer enfurecida. Si alguno se acerca a mí, yo le aseguro que no ha de comer más ajos ni habas negras. ¡Di una sola palabra! Estoy furiosa y te trataré como el escarabajo al nido del águila. Ningún temor me dais mientras a mi lado estén Lámpito y mi querida Ismenia, noble tebana. Aunque des siete decretos, no podrás con nosotras, ¡miserable, detestado por tus vecinos y por todo el mundo! Ayer mismo, para celebrar la fiesta de Hécate, quise traer de la vecindad una muchacha buena y amable, muy querida por mis hijos, una anguila de Beocia , y se negaron a enviármela por tus malditos decretos. Y nunca cesaréis de hacerlos, hasta que alguno os coja por las piernas y os precipite cabeza abajo.