ATOSSA in «Die Perser»

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Acto II 

Atosa con el coro. 


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ATOSA: Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha. Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente vestidas: venía la una en hábito persa; la otra en el de la Doria. Ambas por la majestad y gallardía de su talle superaban con mucho a las mujeres de nuestros tiempos; hermosas, sin tacha, y hermanas, como de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una patria; a la una Grecia, a la otra la tierra de los bárbaros. A lo que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí los despedazados despojos...! Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose de su desgracia, y así que Xerxes le ve, desgarra las vestiduras que cubren su cuerpo! Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después que me levanto del lecho, y lavo mis manos en las puras aguas de una fuente, y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo un águila que viene huyendo hacia el ara del sol... ¡Muda de espanto quedo, amigos! Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada el águila no se defiende, y le entrega su cuerpo. Cosas son estas en verdad para que nos aterre, a mí el verlas, a vosotros el oírlas. Porque, bien lo sabéis; mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa, llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra.