MEPHISTOPHELES in «Faust - Teil 1»

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Escena XIV - Un bosque y una caverna. 

Mefistófeles y Fausto.

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MEFISTÓFELES: Y decidme, ¿quién sino yo, ha variado el curso de vuestra vida, encantándola y haciéndola tomar una dirección más amena? Os he curado por mucho tiempo de la ardiente fiebre de la imaginación, ya no ser yo, ya estaríais viajando por las regiones más apartadas de este mundo. ¿Por qué la habéis dado en querer vivir en un nido como un mochuelo, y en las profundidades y hendiduras de las rocas? ¿Por qué razón buscáis, a semejanza de un galápago, vuestros alimentos entre el húmedo musgo y las mojadas piedras? ¡Vaya un agradable pasatiempo I Bien se conoce en esto que aun continuáis siendo el mismo doctor de antes! […] Soberbio, maravilloso placer el de echarse en las montañas envuelto por la noche y el rocío: abarcar con éxtasis el cielo y la tierra ; enorgullecerse hasta llegarse a creer un Dios; escudriñar, con el ardor del presentimiento, los abismos de la tierra; gozarse con la idea sublime de la creación de los seis días; con orgullosa energía saborear... no sé qué; deshacerse en amor para con todo lo creado; analizar fibra por fibra al hombre, y terminar esta sublime contemplación con... (hace una mueca) no me atrevo a decirlo! […] No os gusta lo que os digo: entonces os queda el derecho de pronunciar calla, como ya lo habéis hecho. Uno no se atreve a nombrar, delante de oídos castos, aquellas cosas de las cuales no saben prescindir los castos corazones. En una palabra, os dejo en completa libertad de que tratéis de engañaros a vos mismo; de fijo que pronto os cansaréis de ello. Héos ya otra vez aburrido, y, si dura mucho tiempo esa situación, os abismaréis de nuevo en la locura, la angustia y el horror. Pero no hablemos más sobre el particular. La que vos amáis, está en su casa afligida y fastidiada de cuanto la rodea: no sabe olvidaros; os ama extraordinariamente. En cuanto a vos, baste decir que vuestra pasión amorosa se ha desbordado como un arroyo pequeño al recibir en su cauce la nieve derretida de los montes; derramasteis luego en su corazón el ardor que os devoraba y héos ahí como naturalmente ha quedado seco vuestro arroyo. Me parece que, en vez de andarse por los bosques, haría mucho mejor el muy noble caballero, en recompensar el afecto que le tiene la hermosa doncella. A la pobrecita las horas le parecen siglos. Siempre está de pechos en la ventana contemplando las nubes que pasan por encima de los antiguos muros de la ciudad. «¡Si fuese pajarillo!» He aquí lo que dice continuamente. Ya está alegre, ya triste: unas veces llora, otras veces permanece tranquila; pero, a pesar de todo, ¡nunca deja de estar perdidamente enamorada de vos!